ES IN√öTIL ALABAR A DIOS SI SE DESTRUYE LA TIERRA

No soy un historiador de la Iglesia y no puedo decir si ya ha ocurrido que un Papa escriba dos enc√≠clicas sobre el mismo tema con algunos a√Īos de diferencia, como lo hizo Francisco con “Laudate Deum”, ocho a√Īos despu√©s de “Laudato si”, dos enc√≠clicas (o “exhortaciones apost√≥licas” que sean) que incluso comienzan con la misma palabra. Pero este es precisamente el criterio hermen√©utico para entender ambas: dicen que es in√ļtil alabar a Dios si se destruye la Tierra.
Esta es de hecho la mayor contradicci√≥n posible, que niega radicalmente la definici√≥n del hombre como “animal racional”: no, la belleza del hombre no es la raz√≥n, si hace todo contra la raz√≥n, desde la guerra hasta la globalizaci√≥n del suicidio.
Por lo tanto, aqu√≠ tenemos dos enc√≠clicas escritas en un intento de salvar el mundo, casi diciendo que las palabras no son suficientes si no van seguidas de hechos, si luego las palabras se rompen. ¬ŅNo es acaso el anuncio de la salvaci√≥n lo propio del cristianismo y de toda religi√≥n? Pero la salvaci√≥n se juega aqu√≠ en la Tierra, o mejor dicho “in terris” como dec√≠a Juan XXIII, y aqu√≠ est√°n las tierras, que son de todos, creyentes y no creyentes, arrojadas a la ruina.
Por lo tanto, me parece que esta “carta” que, como escribe el te√≥logo brasile√Īo Fernando Altemer Junior, al leerla, “es como recibir un golpe en el est√≥mago”, representa de alguna manera el cl√≠max del pontificado del papa Francisco, no porque a√Īada una piedra al monumento de su magisterio, sino porque revela la verdadera naturaleza del ministerio petrino. Por hacer esto, es detestado por muchos: la derecha endemoniada, envidiosa del Evangelio, dice que el papa “entre S√≠nodo, clima y pol√≠tica se olvida de Dios”; por el contrario, en este texto como en el anterior, √©l anuncia el amor de Dios a todas sus criaturas; no se olvida, sino que tambi√©n recuerda a otras religiones, que “el universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo, por lo tanto, hay un misterio para contemplar en una hoja, en un camino, en el roc√≠o, en el rostro de un pobre”, es decir, en toda la naturaleza.
Recuerdo a un obispo mexicano, que tambi√©n fue un maravilloso Padre Conciliar, Sergio Mendez Arceo, a quien, usando el lenguaje de la √©poca le pregunt√© “cu√°ntas almas” contaba su di√≥cesis de Cuernavaca, y √©l me respondi√≥: “¬ŅY d√≥nde pones los cuerpos?”
As√≠, “Laudate Deum” busca salvar los cuerpos, cuerpos y almas juntos, seg√ļn una antropolog√≠a indivisa; busca salvar “el coraz√≥n de la materia”, el “Cristo c√≥smico” en el lenguaje de Teilhard de Chardin; y esto es precisamente lo que significa “cuidar de las almas”, que es la tarea del sacerdote.
Y esta carta del Papa da un paso adelante con respecto a “Laudato si”: porque en esa enc√≠clica √©l quer√≠a “compartir con todas las hermanas y hermanos” sus preocupaciones por “nuestro planeta sufriente”, pero ocho a√Īos despu√©s debe darse cuenta de que nada se ha hecho, que el mundo “se est√° desmoronando y quiz√°s se acerca a un punto de ruptura” (y las guerras tambi√©n est√°n involucradas), y ya no es simplemente un problema “ecol√≥gico” que alguien piensa que se puede resolver solo con t√©cnica o, con a√ļn m√°s hybris, con “el creciente paradigma tecnocr√°tico”, sino “un problema social global que est√° √≠ntimamente ligado a la dignidad de la vida humana.”
Bueno, este grito de la Tierra y esta demanda de dignidad, no apelan solo a la necesidad de una conversi√≥n, sino que se refieren a la cuesti√≥n del poder. Esta es precisamente la novedad de “Laudate Deum”, que propone con fuerza el problema del poder; no es que esto no estuviera ya evocado y discutido en “Laudato si”, pero aqu√≠ se convierte en el problema central y condicionante de todo. En un sentido filos√≥fico y teol√≥gico, se trata del poder del hombre como tal, que se pretende ilimitado, y se traduce en una “intervenci√≥n humana desenfrenada sobre la naturaleza”, cuando no es ilimitada; de hecho, – y as√≠ concluye la Exhortaci√≥n Papal – “un ser humano que pretende sustituir a Dios se convierte en el peor peligro para s√≠ mismo”. De hecho, pretender tener el poder de Dios significa no tener poder, significa convertirse en un √≠dolo: y los √≠dolos, se sabe, “tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen o√≠dos y no oyen, tienen narices y no huelen, sus manos no sienten, sus pies no caminan”; los poderes que est√°n destruyendo la Tierra en realidad no la ven, no oyen su grito, no huelen sus olores, no la sostienen para que no caiga de sus manos, y lo mismo hacen los que conf√≠an en ellos.
Y aqu√≠ est√° el Papa llamando al juicio a los poderes, “el poder real”, nacional e internacional, y a√Īade que “si los ciudadanos no controlan el poder pol√≠tico -nacional, regional, municipal- tampoco es posible contrarrestar los da√Īos ambientales.”
Pero no basta con se√Īalar al poder como √ļltimo responsable del destino de la Tierra, y esperar que se haga cargo de ella; el Papa va m√°s all√°, y denuncia por qu√© el poder no lo hace y, si no cambia, tampoco puede hacerlo. No menciona el nombre del capitalismo, para no herir o√≠dos piadosos, pero de eso habla cuando dice que los grandes poderes econ√≥micos (y no solo, porque se trata de todos los actores y art√≠fices de este sistema) “se preocupan por obtener el m√°ximo beneficio al menor costo y en el menor tiempo posible”; y est√° claro por lo tanto por qu√© no pueden cuidar de la Tierra, pero tampoco de las “almas” y los cuerpos que la habitan. Ni podr√°n hacerlo, si “los poderes econ√≥micos contin√ļan justificando el sistema mundial actual, en el que prevalecen una especulaci√≥n y una b√ļsqueda de rendimiento financiero que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y sobre el medio ambiente.”
Y no se trata solo de males imputables a los l√≠deres pol√≠ticos y econ√≥micos de la sociedad, sino de una cultura y una pr√°ctica que se han contagiado a todos los niveles de la vida social. “Los propios pobres -escribe el Papa- a veces caen en el enga√Īo de un mundo que no se construye para ellos.” Y todos son arrojados a una competici√≥n impuesta por el evangelio de la “meritocracia”: “Se incrementan -escribe el Papa- ideas equivocadas sobre la llamada ‘meritocracia’, que se ha convertido en un ‘merecido’ poder humano al que todo debe ser sometido… Una cosa es un enfoque sano al valor del compromiso, al crecimiento de las propias capacidades y a un esp√≠ritu de iniciativa loable, pero si no se busca una igualdad real de oportunidades, la meritocracia f√°cilmente se convierte en una pantalla que consolida a√ļn m√°s los privilegios de unos pocos con m√°s poder.” Estas no son denuncias nuevas en la Iglesia, al menos en esa Iglesia que ha sabido escuchar la voz de los pobres y hacer caminar los pies por el camino de la paz. En estos d√≠as se ha publicado un libro de Enrico Mauro, “Contra la sociedad del adelantamiento, el pensamiento antimeritocr√°tico de Don Tonino Bello”. En una carta para la Navidad de 1985, aquel santo obispo de Molfetta advirti√≥ no hacer de la “espalda del pr√≥jimo un instrumento de vuestras escaladas”, y denunci√≥ “la econom√≠a deshumana. la exasperaci√≥n de par√°metros econ√≥micos reducidos al criterio supremo de la convivencia humana, las l√≥gicas de guerra (que) de los campos de batalla han trasladado a las mesas de una econom√≠a que penaliza a los pobres, el dominio absoluto de la l√≥gica del beneficio (que) es la verdadera causa de los graves desequilibrios del mundo contempor√°neo (…) que da a luz al √©xodo de millones de ‘condenados de la tierra’ hacia nuestras sociedades opulentas.”
Todo esto dice que la causa de la Tierra debe tener muchos defensores, en la cima y en la base de toda la comunidad humana. El m√©todo solo puede ser el del multilateralismo, un multilateralismo revisitado, que involucre a las comunidades internacionales y locales, que se apoye en la ONU, que no pretenda un gobierno global pero realice el principio de subsidiariedad, que una lo global y lo local, que est√© dirigido a un constitucionalismo mundial, que llegue “a un multilateralismo de abajo hacia arriba, y no simplemente decidido por las √©lites del poder”.
Una visión profética y un realismo histórico que solo podría venir de un papa que se llama Francisco.
Raniero La Valle